
OS VERMELHOS
«Notas de dois refractarios»
Somos dos refractarios.
Refractarios a todas las complejas nociones de una sociedad dogmática y opresiva; refractarios a la Convención, a la Ley, al Arbitraje, al Poder, a la Tradición, a la Instrucción, a todos los grilletes del Pensamiento; refractarios en nombre de la Libertad absoluta, de la Consciencia libre, del Examen libre, de la Palabra libre, de la individualidad humana libre y autónoma como la propia Idea libertada; refractarios por necesidad natural del espíritu y también por imposición irresistible de momento, porque la juventud canta todavía en nuestro pecho una embriagadora estrofa de Revuelta.
Ahora, esta necesidad tiene que manifestarse, esta imposición se tiene que satisfacer, tan positivamente como se procura saciar las exigencias del estómago o requieren comunicarse los efectos del corazón.
La página escrita es una boca que habla; quien lee, un oído a la escucha. Pero, ¿el carácter activo del Pensamiento implica una noción pasiva del Arte? El Arte no es un fin, como no es un principio; es un medio, un instrumento, sin embargo de maravillosos recursos, pero inanimado, frío, inútil mientras una Idea, integrándose en él, como un corazón, no le comunique su vida. Es necesario refutar, esto es, poner las cosas en su lugar: el “Arte por el Arte” es una palabrería sonora que reduce el trabajo de la inteligencia a una quincallería de espíritu. ¿Que es un placer? Será. Pero ese placer, que representa un lujo de refinolis, alcanza las proporciones de un abuso de confianza con frases más falsas que si fuesen de latón. ¡Nosotros sólo reivindicamos el Arte llamado a ser, en nuestros días, una boca inspirada de Revuelta!
Como enfurecido viento, allá va la Idea rasgando convenciones, ultrapasando fronteras. Mientras los déspotas obligan a la prensa a hablar según sus conveniencias. A vuelta de ella se congregan especulaciones y ambiciones. El capitalista vio una mina a explotar; el ambicioso un medio de realizar sus deseos; el detractor un camino para sus fines.
Desde la alborada del sol de la existencia hasta la negrura de la muerte fría como la noche, todo es oscuro en el taller de esta vida. El Estado registra los nacimientos y la Convención viene a apoderarse de ellos. ¿Qué es el Estado? Una especie de ómnibus donde pagamos para tener un lugar, pero que nos oprime y nos molesta. ¿Y qué es la Convención? El propio Estado, y todos los deberes sociales. Este Estado que nos exige un impuesto para su manutención, es la culpa de todos nosotros, los sin culpa.
Fue hace tiempo que se creó este sujeto llamado Dinero, para el intercambio de producciones. Era así una especie de pago que recibía sólo aquello que valía, ni más ni menos. Un bonito rapaz, muy amoral y muy tierno, de rostro color del oro, ingenuo, bien mandado. Así anduvo algunos años, hasta que creció, y con el crecimiento le vino la bellaquería. Entró entonces a comprar propiedades y pagar por trabajos penosos, se hizo patrón de fábricas y señor de establecimientos, contrató sirvientes y dio órdenes. Se arrogó el título de Capital.
Un bonito día, lleno de poder, dictó reglamentos, prescripciones, leyes... y mandó. Esto es, se alzó en autoridad suprema.
Hubo, no obstante, un momento en que fue preciso dividir el poder entre varios, a fin de facilitar la obediencia. Subdividida la autoridad, vinieron nuevas leyes y nuevas órdenes. Era una clase que mandaba. De ahí vino el juego de las convenciones sociales. El hecho es que fue él el inventor del Poder, en nombre de esa cosa que se llama la Posesión.
Ahí está, pues, la vida del inofensivo mozalbete, lindo como los amores, dorado como el sol y bellaco como pocos.
Fue él el creador de la Autoridad. Pero, ¿qué es la Autoridad? Es el Poder reconocido. Es una convención. Puede ser tanto hombre como una cosa cualquiera. Representando al Capital y a la Ley, es una fuerza, porque tiene el pan y el castigo. Representando a un hombre, no es nada.
Se recibe el pan a cambio de un servicio; se admite el castigo en la persuasión de una culpa.
Puede suceder que algunas veces un hombre no puede trabajar, y de ahí, está imposibilitado para prestar servicios a la Sociedad. Pero la sociedad que fue hecha a la fuerza no admite flaquezas. Porque la Sociedad, a semejanza de un batallón, camina a marchas forzadas, a la orden de una voz. Marcha para conquistar el oro. Dentro de su orientación no se reclama cerebro, se exigen brazos. Y ahí está lo que es la ley fundamental de la Sociedad: trabajar para otros. Porque la Autoridad sirve para celar el cumplimiento de esa ley. Y como la fuerza del número impera, los acuerdos no se hacen con cabeza, se cuentan por las barrigas.
Pero la única ley de la Naturaleza es el amor libre, y la única ley fundamental del Universo es la Naturaleza. Para no ver esto es que se cursa Derecho en las Universidades, y se medita después mucho tiempo, fingiendo excelencia de raciocinio. Decididamente, ¡o nos encontramos con la Estupidez o nos medidos con la mala fe!
Ahora, para que esto cambie, se requiere apenas bom-senso. Después, un acuerdo mutuo de asociados. Por eso, para que uno pueda desarmar el ómnibus, no basta trabarlo, es preciso partirle las ruedas. Pero antes de eso, mientras arriesgas la piel, llama a los compañeros, porque ya adquirió velocidad desenfrenada.
Es el sino de tu piel andar siempre en riesgo. O esperas y te dejas la barriga pegada a la espalda, o te pones manos a la obra y puedes dejarte el espinazo bajo del carro.
Y si no, ¡de frente, esclavo, paciente y verdugo! La imagen del calabozo, la visión del presidio, el hábito de la obediencia sin discusión, la idea de que esto fue siempre así y ha de continuar siéndolo... La paz podría llegar a servirse de los labios de los déspotas para reproducirse por el mundo anunciando con la dulce influencia de su nombre la alienación del Futuro.
FERNANDO REIS
MAYER GARÇÃO
Lisboa, 1899
(traducción de Rao Cuter)